martes 8 de diciembre de 2009

No encuentro mis sueños. Tal vez quedaron debajo de la cama, escondidos mirando hacia el vacio sin saber a ciencia cierta cómo artícular el centro del hoyo negro. Ese punto en el centro del universo que no puede ser saciado, ese deseo que devora estrellas y galaxias completas, que dobla el espacio-tiempo.

viernes 13 de noviembre de 2009

En ese rincón
sólo oscuridad,
solo polvo oculto,
sombras.

Intento olvidarlo
pero el sosiego lo resalta,
la sabia del peyote
abre mis pupilas
y veo su profundidad.

Me convierto en un jaguar
hambriento de comer fantasmas,
hacerlos sangrar,
pero mis contornos se desdibujan.

Rayos intensos fluyen por mis venas
pero mi oscura piel no permite que su brillo salga.
Tanto fuego se extingue en medio del humo y la falta de oxigeno.
Entre más grandes son los cuernos del alce
es más fácil que se atore entre los árboles
al intentar huir de su depredador.

sábado 7 de noviembre de 2009

Alba

Mi corazón oprimido
siente junto a la alborada
el dolor de sus amores
y el sueño de las distancias.

La luz de la aurora lleva
semilleros de nostalgias
y la tristeza sin ojos
de la médula del alma.

La gran tumba de la noche
su negro velo levanta
para ocultar con el día
la inmensa cumbre estrellada.

¡Qué haré yo sobre estos campos
cogiendo nidos y ramas
rodeado de la aurora
y llena de noche el alma!

¡Qué haré si tienes tus ojos
muertos a las luces claras
y no ha de sentir mi carne
el calor de tus miradas!
¿Por qué te perdí por siempre
en aquella tarde clara?
Hoy mi pecho esta reseco
con una estrella apagada

Federico García Lorca
(1898 - 1936)

domingo 1 de noviembre de 2009

El secreto del deseo de una mujer oculto en una llamada

¿Cuál es la razón para que una desconocida marque un número con dedos azarosos? ¿por qué tuvo que entrar su llamada en medio de la madrugada mientras yo intentaba atrapar al grillo (se metió dentro de mi cuarto desde hace días)? Cuando conteste escuché una respiración agitada y una voz que dijo: "no cuelges, por favor. Realmente tengo que platicarte algo". Yo le pregunté que quién era y si era una broma pero ella me respondío que no importaba su nombre y que era algo muy serio, de vida o muerte. Así que, para mi sopresa, ella comenzó a contar un sueño que tuvo, el cual iba así:

Eran como las 7:35 pm. Est
ábamos en un bar David, otra chica que no conozco, Jasiel y yo. Yo me levantaba de la barra y me dirigía hacia el baño, me veía en el espejo y pensaba: "Oh, por Dios, qué hermosa y sexy me veo", traía puesto un vestido negro y unas zapatillas con tacón como de 12 centímetros. Cuando salía del baño, y me disponía a regresar a la barra yo lo veía caminar hacia mí –Jasiel lucía más gallardo y atractivo que nunca­–, suponía que él también, dada mi ubicación geográfica en el bar, iría al mismo sitio del cual yo procedía; sin embargo mi deducción fue incorrecta, ya que él se iba acercando a mí, y cuando finalmente me tenía acorralada entre la pared y una mesa, me decía al oído: "Esa canción me gusta" –la música que sonaba era un tango–, me abrazaba de la cintura y bajaba un poco las manos hacia la cadera y me preguntaba: "¿Quieres bailar conmigo?" Y sin esperar mi respuesta, me tomaba de la mano y me llevaba a la pista y empezábamos a bailar. Cuando estaba por terminar la pieza él me inclinaba, se acercaba mucho a mis labios y acariciaba mi rostro con la parte posterior de su mano, justo en ese momento yo volteo la cabeza, y veo que David y aquella chica desconocida nos observan y dicen: “Ya vámonos”. Y desperté.

Justo al terminar de narrar su sueño, ella colgo. Yo quedé sin poder reclamarle el mal final de su sueño. Bueno, gente loca que cuenta sus sueños a escritores de sueños.

sábado 31 de octubre de 2009

Solo

Solo,
con mi esqueleto,
mi sombra,
mis arterias,
como un sapo en su cueva,
asolmado al verano
entre miles de insectos
que saltan,
retroceden,
se atropellan,
fallecen;
en una delirante actividad sin rumbo,
inútil,
arbitraria,
febril,
idéntica a la fiebre
que sufren las ciudades.

Solo,
con la ventana
abierta a las estrellas,
entre árboles y muebles que ignoran mi existencia,
sin deseos de irme,
ni ganas de quedarme
a vivir otras noches
aquí si tí,
con el mismo esqueleto,
y las mismas arterias,
como un sapo en su vueca circundado de insectos.

Oliverio Girondo (1891 - 1967)